Sin embargo, algo hizo que mi mente recayera en este pozo sin fondo. No me dí ni cuenta de como fue, mi subconsciente me ha jugado una mala partida. Quizás haya sido un anuncio en la televisión, un olor al pasar por delante de una confitería, un momento vacío mirando al horizonte, o simplemente dos palabras que se cuelan en un contexto de una conversación rutinaria.
Tu imagen llegó a mi tan clara que del susto casi me caigo de la silla, parecía tan real que mi cuerpo se revolucionó de la misma manera que la primera vez que te vi. Una sensación de miedo, angustia, nervios, desesperación, ira, rabia, contención, melancolía y depresión. Un circuito de sensaciones recorridas a la misma velocidad que tarda un estímulo en llegar a nuestro cerebro.
A partir de ese momento, se vació ese baúl que tenía ya lleno de polvo, debajo de unas mantas viejas y dentro del armario del trastero. En él, todavía grabado relucía tu nombre grabado como el primer día. Birutas de oro a lo largo de todo pelo, caían sobre un mar azul, y en él estaban las puertas al mismo el infierno.
Dejando atrás todo tipo de sensación, vacié mi cuerpo de sangre y le pedí a mi corazón que se parará durante unos minutos para poder abrir ese baúl. Después de limpiarlo un poco por fuera, tocaba abrirlo. Mis ojos no reflejaban nada, porque nada había para reflejar, el día que decidí dejarlo atrás. De la misma manera que lo abrí, lo cerré con gran satisfacción, alegría y algo de melancolía que nunca está demás.
No se trata de apartarse, ni de olvidar, ni mucho menos de huir, se trata de saber vivir y hacerlo bien en el tiempo que nos quede.