domingo, 29 de abril de 2012

Saber Vivir

Dentro de uno de mis pensamientos perdidos, en un rato de esos libres que tengo para pensar, que últimamente no suelen ser muchos, mi cabeza se quedó en blanco por unos instantes. Acto seguido, me pasó algo que hacía ya mucho tiempo que no me pasaba. Pensé que ya estaba curado, que el tiempo había hecho su trabajo y además bastante bien.

Sin embargo, algo hizo que mi mente recayera en este pozo sin fondo. No me dí ni cuenta de como fue, mi subconsciente me ha jugado una mala partida. Quizás haya sido un anuncio en la televisión, un olor al pasar por delante de una confitería, un momento vacío mirando al horizonte, o simplemente dos palabras que se cuelan en un contexto de una conversación rutinaria.
Tu imagen llegó a mi tan clara que del susto casi me caigo de la silla, parecía tan real que mi cuerpo se revolucionó de la misma manera que la primera vez que te vi. Una sensación de miedo, angustia, nervios, desesperación, ira, rabia, contención, melancolía y depresión. Un circuito de sensaciones recorridas a la misma velocidad que tarda un estímulo en llegar a nuestro cerebro.

A partir de ese momento, se vació ese baúl que tenía ya lleno de polvo, debajo de unas mantas viejas y dentro del armario del trastero. En él, todavía grabado relucía tu nombre grabado como el primer día. Birutas de oro a lo largo de todo pelo, caían sobre un mar azul, y en él estaban las puertas al mismo el infierno.

Dejando atrás todo tipo de sensación, vacié mi cuerpo de sangre y le pedí a mi corazón que se parará durante unos minutos para poder abrir ese baúl. Después de limpiarlo un poco por fuera, tocaba abrirlo. Mis ojos no reflejaban nada, porque nada había para reflejar, el día que decidí dejarlo atrás. De la misma manera que lo abrí, lo cerré con gran satisfacción, alegría y algo de melancolía que nunca está demás.

No se trata de apartarse, ni de olvidar, ni mucho menos de huir, se trata de saber vivir y hacerlo bien en el tiempo que nos quede.

ENCRUCIJADA

Tanto tiempo la habitación desordenada que ya iba siendo hora de colocar cada cosa en su sitio. Unos cuantos recuerdos por aquí, un par de pesadillas, sueños sin cumplir, recortes de fotos en blanco...hay basura por todas partes. Lo que no me hace falta va directamente al contenedor, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las cuarenta mil. Tengo que hacer sitio a todo eso que esta por llegar, y son muchas cosas, creo que me tendré que mudar. Es la primera vez en mucho tiempo, que no me asusta el cambio, abro la ventana y lo mismo vienen rachas de aire frío, que lo mismo llega una ola de calor del Sáhara.
Me gusta creer que para todo hay solución, que todo tiene una doble cara y que siempre se puede mirar desde una doble perspectiva. El vaso puede estar medio lleno o medio vacío, en la moneda hay una cara y una cruz, o dependiendo de que moneda, nos encontramos con la cara del gran Cervantes o con la Catedral de Santiago de Compostela.
Parece ser que no siempre la vida es negra, ni gris, es amarilla desde que se levanta el día hasta que se acuesta. Por ello, para que llegar hasta este color amarillo, primero hemos tenido que pasar por una serie de situaciones que aún sabiendo que llegarían, siempre nos pillan despistados, mirando hacía otro lado y pasan tan rápido que ni te das cuenta.
Nos solemos arrepentir de lo que no hacemos, y mucha gente dice que hay que hacerlo para no arrepentirnos. Pero, porque siempre hay un pero, hasta llegar a este instante en el que te encuentras con una felicidad plena, que nada de lo que este pasando fuera de ti te importa, has tenido que arrepentirte de millones de cosas que no has hecho. Es más, apostaría sobre aquellos que dicen que hay que hacer las cosas para no arrepentirte, se arrepienten de esas cosas que hacen, entonces, ¿qué hacemos?.
Nos encontramos en una encrucijada moral como diría un buen amigo mio. Es cierto que tenemos capacidad de decidir, de tomar izquierda o derecha, pero también deberíamos de tomar aceptar las responsabilidades que conlleva elegir. No debemos de arrepentirnos, solamente aceptar las consecuencias de lo que hemos hecho.