Cada uno de sus parpadeos era un brisa fresca en pleno mes julio. Un éxtasis de felicidad cada vez que te sentía tan cerca, una sensación tan fugaz y duradera al mismo tiempo.
Algo que escapa de mi control, no quiere ver como mis ojos brillan o como mi boca sonríe por nada. No encuentro explicación alguna. Lo he intentado por todos los medios, por las buenas y por las no tan buenas. Me arranqué el corazón y lo metí en el congelador junto con todos mis sentimientos, pensé que allí no me molestarían más, pero me equivoqué, tuve que haberlos destruido en aquel entonces ya que, aunque la vida no me trataba mucho mejor que ahora, no me importaba.
Las largas noches mirando las estrellas, los versos y poemas dedicados solamente a una persona o los suaves besos no eran más que simples ejercicios de campo para conseguir un objetivo básico, simple e insustancial.
Un tipo de rutina que cualquier adolescente firmaría antes de nacer, pero a mí, este tipo de rutina y monotonía me cansaba, no me llenaba como persona, me sentía estancado y yo quería dar un paso más en mi historia.
En ocasiones lo único que tienes que hacer, es echar un vistazo a tu alrededor, quizás lo que buscas lo encuentras más cerca de lo que nunca te imaginaste. Pero también en ocasiones, te tienen que dar un buen tortazo para que abras bien los ojos. Siempre deberíamos dar una oportunidad a esos tortazos, porque al principio duelen, pero cuando se pasa el dolor, es como quedarte dormido en un colchón de plumas, que es lo más parecido a vivir en una nube.
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